El ojo del fanático

Eugene miraba la ciudad desde las alturas, y por sobre todo se sorprendía por como las luces la desdibujaban, le daban un tono siniestro que no había visto esa mañana, cuando escogió ese balcón y esa terraza.

Desde las alturas pensaba en las tinieblas, en como el humo de las barricadas señalaba el color de esas almas, de esos seres desalmados que reforzaban las llamas con desesperanza, con frustración y angustia. Y pensaba en el calor que emanaba la resistencia, esa frialdad en las palabras que eran apropiadas para quien las inspiraba.

Desde las alturas limpiaba su herramienta, y con la mira buscaba a su hermana; recordaba su sonrisa, se frustra a por su falta de palabras. Miraba, y veía las llamas que iluminaban en medio de la oscuridad de la noche, flamas que sirvieron de telón para que Cristal se llevara a cuanta gente quería, oculto siempre en el amparo de la anarquía.

Eugene tomó su rifle, y en el anonimato que le proporcionaba la sombra disparó. Un agente del orden cayó, y nadie lo notó. Eugene recargó, y como fue otro agente del orden, a nadie le importó. Así pasaron 10 disparos, y nadie reaccionaba; hasta que Eugene se equivocó, una ráfaga de viento desvío la bala, y esta cayó a los pies de uno de los manifestantes que llevaba los cadáveres a las llamas. El caos reinó… Su plan había funcionado.

De inmediato los agentes de Cristal salieron de entre medio de las sombras y empezaron a tratar de tomar el control, los agentes del orden que quedaban les dispararon, temerosos del fuego anónimo que Eugene propiciaba; los manifestantes tomaron palos y les prendieron llamas, y la batalla fue a tres bandos.

De una camioneta el monarca se asomó, y Eugene aprovechó para tomar su disparo, era el fin del rey Cristal. Sin embargo algo se puso en el camino, una fanática había protegido a su líder, quien ante la amenaza se retiró.

Eugene no se movió hasta el alba, hasta que las tinieblas le pudiesen permitir reflexionar del peso de su culpa. Al bajar, y sin su ropa de batalla, se abrochó la sotana y aceptó el anonimato que su oficio religioso le confería, fue a darle la extremaunción a las víctimas, a sus víctimas, en un ejercicio de cargar en su memoria los rostros de las vidas que se había tomado, y cuando llegó a ella la vio, a Rachel, su hermana. Había roto su promesa, si, pero la cumplió, sintió el alivio de haberla sacado de las garras del monstruo de Cristal.

Crónicas de Immadon

Goran Y. Lausic King View All →

Profesor de Historia y Ciencias Sociales, egresado el 2008, Magister en Historia. Con un gusto y una formación literaria que se remonta a 1998, año en que desarrollé mi primera novela no publicada, y que no publicaré jamás (no está en condiciones).
Mi primera novel publicada fue A diez pasos a la oscuridad, publicada en Amazon, y me encuentro en etapa de diseño de portada para Página en blanco, mi segunda novela. Mientras escribo historia, novelas y demases, divulgo mi trabajo corto (cuentos y poemas, principalmente), por medio de este espacio en la web.

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