La culpa

El pesar era fuerte ese día, y eso que desde un par de meses que había estado presente, todo desde que sintiera que perdía al amor de su vida, que su mejor amigo le dijera que no importaba y que no quería gastar su tiempo en escucharlo, y que todo en lo cuanto creía sencillamente se había desplomado. Él había seguido de pie, enfrentando y avanzando; extrañamente convirtiendo a su ex en su nueva mejor amiga, escuchándola, apoyándose en una mujer que años atrás había negado la relación y lo había abandonado en un momento de dolor; pero no, él sabía perdonar, y ante lo que ahora enfrentaba era mejor hacerlo. Sí, la angustia lo golpeaba esa mañana mientras estaba sentado frente a ella en un café; ella le extendió la mano a través de la mesa y él la tomó, y mientras ella la acariciaba con los dedos, él se perdía en su mirada, veía cuanto ella quería regresar el tiempo, y él sencillamente deseaba no haber vivido una perdida como la de los meses anteriores. Suspiró, y ella le preguntó porque, “¿te imaginas donde estaríamos si no hubiésemos terminado?”, respondió, a lo que ella dijo que lo soñaba todos los días, que su mayor lamento había sido engañarlo, y que lo único que buscaba era otra oportunidad. Él sonrió, ella le complemento diciendo que lo mejor que había pasado era que él de nuevo tenía la oportunidad de reencontrarse con ella, que su viudez no era una pesadilla, sino la oportunidad de un nuevo día; y la sonrisa se le desdibujó, lagrimas brotaron de sus ojos y el pesar se hizo patente, ¿Cómo podría reconstruir su vida si había perdido a la mujer que armó los pedazos de hombre que quedaron después de la infidelidad? Casi como si leyera sus pensamientos, ella se puso de pie y lo besó, “todo estará bien”, dijo en un tono que encubría un intento de manipulación, “nunca he dejado de amarte, fue solo un error, eres el amor de mi vida, y se que yo de la tuya. Ella solo fue tu segunda oportunidad”, dijo, y a él aunque le doliera le encontró sentido, la conocía de toda la vida y habían estado pololeando desde la época del colegio, no fue sino hasta unos cuatro años de relación que ella se metió con otro, y a esas alturas él ya había comprado el anillo y había estado a punto de pedirle matrimonio. Quizás ahora si era el momento, pensó, y recordó que desde entonces siempre había guardado ese anillo en la billetera para recordarse de no confiar tan fácilmente; incluso cuando estuvo casado la sortija mantuvo ese lugar, y su esposa conocía el significado de ella. Miró a la mujer que tenía en frente, sus ojos lo hipnotizaban, siempre lo habían hecho, pero ahora su voz lo había llevado de vuelta a ese momento…  buscó la sortija sin mirar, y la sacó de la billetera; ella miró sorprendida, su expresión demostraba una desagradable combinación de sorpresa y victoria, se mordió el labio inferior y extendió la mano. Él se largó a reír.

“¿Pensaste que te pediría matrimonio al día siguiente de enterrarla?, sí, se que el cáncer me la quitó meses atrás, pero ¿me crees tan ciego para no darme cuenta cuanto trataste de manipularme? Desde que empezamos a trabajar juntos ella me advirtió que algo así pasaría, ¿crees que no vi tu mano detrás de todos los problemas serios en el trabajo que me hicieron descuidarla mientras la perdía? ¿Detrás de las acusaciones de acoso que salieron de la nada, de gente que tu y yo conocíamos y con las que no había tenido nada? ¿Sabes que eso hizo que la familia de ella me hiciera la vida imposible mientras el cáncer se la comía? Se que tu hiciste mi vida un infierno, me humillaste años atrás, y te reíste de mi desde que empezamos a trabajar juntos, haciendo como si nada hubiera pasado, como si fuéramos los más viejos amigos de toda la vida. No, lo siento, la cosa no es tan simple; jamás le faltaría el respeto. Sí, esta sortija la compré para ti, pero hace más de quince años, cuando estábamos por cumplir dos años viviendo juntos, cuatro años de pololeo, el mismo día que te encontré en la cama con tu mejor amiga; y no me vengas con eso de experimento, porque este duró varios años, ¿o crees que no supe nada de tu vida después que terminamos? A los amigos les encantan los cahuines, les encanta restregarte en la cara los errores, y ellos me decían una y otra vez que era un idiota al no darme cuenta de que eras lesbiana… y lo gracioso, ¿no lo eras?, ¿verdad?, solo te interesaba que Francisca tenía plata, y a la semana que su papá se fuera preso por fraude tu terminaste con ella, ¿coincidencia?, no… te conozco, y se que eres una interesada que usa a la gente para sus propios fines, tal cual lo hiciste conmigo, ¿o crees que no me doy cuenta porque me besaste ahora? Tu no amas, tú eres pura frialdad, maldad encarnada y no te puedo soportar. El anillo ha estado siempre conmigo como un recordatorio de no confiar en quien he amado, así como el que aun llevo en el dedo me recuerda que no por eso debo dejar de amar. Y lamento que esto sea acá, en un café donde todos te conocen, porque por algo decidí que fuera en tu café de siempre, quería humillarte antes de entregarlo. Toma, quédate con la sortija, yo no la necesito… pero no es lo que crees, tan solo quiero que recuerdes cuanto dolor causaste y tu parte en todos los acontecimientos”.

Pasaron dos días, ella estaba devastada y humillada, pero no podía dejar de mirar el anillo, era precioso, oro blanco con diamantes, valía una fortuna… pero no sabía si quería venderlo. Sonó su teléfono, era un mensaje por whatsapp de su mamá enviándole un link, lo abrió y era de la prensa local “joven profesor es encontrado sin vida en su oficina de la Universidad. Aparentemente se habría tratado de un caso de suicidio, debido al reciente fallecimiento de su esposa y las diversas acusaciones de acoso sexual que se encontraba enfrentando”. Ella no podía creerlo, sabía que las acusaciones eran falsas, ella las había plantado todas, incluso le había pagado a las alumnas para que lo denunciaran, pero ¿él, suicidarse?… un correo llegó a su teléfono, era de él, decía “envío programado”. “Sí, fue por ti”, era todo lo que decía. Y después de veinte años, por fin la culpa la invadía.

Cuentos patéticos

Goran Y. Lausic King View All →

Profesor de Historia y Ciencias Sociales, egresado el 2008, Magister en Historia. Con un gusto y una formación literaria que se remonta a 1998, año en que desarrollé mi primera novela no publicada, y que no publicaré jamás (no está en condiciones).
Mi primera novel publicada fue A diez pasos a la oscuridad, publicada en Amazon, y me encuentro en etapa de diseño de portada para Página en blanco, mi segunda novela. Mientras escribo historia, novelas y demases, divulgo mi trabajo corto (cuentos y poemas, principalmente), por medio de este espacio en la web.

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