La celebración

La miré a los ojos aun asombrado de su belleza, hacía ya dos años que la conocía y me era imposible negar que todavía no me dejaba dormir, que me mantenía constantemente en vela pensando en que decirle, en qué hacer para demostrar cuanto la amaba, porque no importaba cuanto me lo preguntaran, nunca lograba hallar con exactitud una forma de cuantificar los sentimientos que tenía por ella. Era magia, y esa creo es la mejor forma de describir lo que con ella pasaba, pues en torno a un misterio gigante fue que la conocí, y con esa dosis intensa de ocultismo construimos una relación cargada de sorpresas y maravillas. Le sonreí, hacía quince minutos que nos habíamos sentado en esa mesa sin que ninguno de los dos emitiera una sola palabra, tan solo sosteníamos nuestras manos e intercambiábamos miradas, ocupando nuestras cuerdas vocales solo para pedirle al camarero que nos trajera lo que había en el menú, unos fetuccini con salsa Alfredo, acompañados de unas cuantas ensaladas. Me devolvió la sonrisa, la noté un tanto incomoda, como buscando una forma de romper la tensión del momento, siempre nos pasaba lo mismo, costaba una enormidad comenzar a hablar, pero una vez que lo hacíamos no podíamos parar.
– Feliz cumpleaños – me dijo moviendo la cabeza de manera coqueta – ¿Qué se siente cumplir un cuarto de siglo? –
– Igual que se sintió mi cumpleaños un año atrás, gracias por esto –
– ¿Por qué? –
– Por preocuparte que no pase solo mi cumpleaños –
– Sé lo que significa para ti, y es lo menos que podría hacer –
– Sabes, te tengo un regalo – puse mi mano derecha en mi bolsillo
– Pero, si el celebrado eres tú – me objetó.
– Es una especie de regalo para que tú me regales algo – saque la caja del bolsillo, aquella en la que había guardado el anillo – ¿Cásate conmigo? –
– ¿Estás hablando en serio? –
– ¿Por qué no habría de hacerlo? – La seguí mirando enternecidamente, esperando leer en su rostro la respuesta que estaba esperando.
– Disculpa, me pillas de sorpresa –
– ¿Pasa algo? – pregunté notando algo de incomodidad en su postura – Te noto preocupada –
– No, no pasa nada – respondió, cambiando el tema sin contestar mi pregunta.
Le seguí la corriente, volví a tomar su mano después de dejar la sortija sobre la mesa, conversamos, nos miramos, intercambiamos palabras y suspiros; me senté a su lado, nos besamos, comimos el postre y luego me levanté para ir a cancelar la cuenta. Cuando volví, tenía la sortija en su mano; no dentro de la caja como yo la había dejado, sino que puesta en su dedo, como diciéndome que había aceptado, claro que no dijo nada de ello. La miré entusiasmado, y cuando notó la alegría en mis ojos, se quitó el anillo y lo volvió a dejar en su caja.
– ¿Qué pasa? – volví a preguntar, sin obtener respuesta alguna. Guardó la sortija en su cartera y me tomó la mano. Caminamos en silencio, ella recostándose sobre mi cuerpo cada vez que avanzábamos. – Respóndeme, por favor, ¿te vas a casar conmigo? –
– Sabes que te amo, ¿verdad? – me dijo inquietándome con sus palabras – Pero, ¿te has puesto a pensar que es muy pronto para esto? –
– No, de hecho, creo que si seguimos esperando corremos el riesgo que nos separemos de nuevo –
– Oye, llevamos tan solo un mes desde que volvimos –
– Pero vaya que mes – le sonreí – Además, ya hace dos años que nos conocemos, y desde el primer momento supimos que lo que teníamos era especial, que bastaba una mirada del otro para que a ambos se nos recompusiera el día, que no fueron necesarios ni siquiera cinco minutos para que confiésenos el uno en el otro –
– No me malentiendas, te amo como no amo a nadie, pero ¿Qué me asegura que no te irás tal cual lo hiciste un año atrás? –
– Tenía que hacerlo – le respondí – Pero no volverá a pasar, te lo estoy prometiendo –
– Seamos honestos – Me dijo – Planeas volver a casa pronto, ¿cierto? –
– Depende – le contesté, deteniendo nuestro caminar – Sé que tu recién acabas de llegar, y que buscas establecer una vida acá –
– ¿Y piensas quedarte si es que te digo que si? –
– Así es –
– Vamos, no seas imbécil, ¿recuerdas por qué dejamos de hablar después que te viniste? –
– Porque encontraste a otro tipo –
– Ya, ¿y recuerdas la razón por la que me vine? –
– Para alejarte de ese tipo, que rompió tu corazón –
– ¿No te das cuenta? –
– Es que, ¿sabes? Creo que la que no se da cuenta eres tú –
– Sí vas a venir con tu estupidez del destino –
– No te ciegues a las señales – le dije mientras ella suspiró.
– Quiero casarme contigo, créeme que si – me dijo mientras miraba la hora – Pero creo que es muy rápido –
– Sí, creo que me precipité un poco – dije mientras extendía mis brazos alrededor de su cuerpo y la abrazaba – Tan solo quiero que sepas que esta vez no huiré a ni una parte, y que tienes a tu lado a un tipo dispuesto a vivir plenamente para ti –
– Gracias, eres muy tierno – me dio un beso sumamente cálido y apasionado. Cerré los ojos y ella también, nos dejamos llevar por unos instantes, haciendo que el tiempo se volviese imperceptible a nuestro alrededor. De pronto su aliento se heló, y su cuerpo cayó completamente hacia mí. Un tipo pasó corriendo a nuestro lado con su cartera en la mano, y de cambio había dejado un puñal en su espalda. Me desesperé. Lloré. Grité por ayuda, y nadie reaccionó. Tomé mi teléfono y llame a emergencia.
Nunca volví a ver su sonrisa de la misma manera que lo hacía antes de ese día, sus ojos, antes tan llenos de vida, ahora denotaban una tristeza comprensible para la situación en la que se encontraba, allí quieta, inmóvil, encadenada a una silla, incapaz de volver a arreglárselas por sí misma. Nunca me fui, fui fiel a mi promesa y me mantuve hasta el final, hasta el día que el amor de mi vida no pudo soportar más y se dejó llevar por el lento abrazo de la muerte. Hoy vuelvo nuevamente a ese restaurante, solo, celebrando mi cumpleaños… me siento en la misma mesa que aquella vez, ordeno los mismos Fetuccini con salsa Alfredo, y extiendo mi mano de la misma manera que aquella vez. No cierro los ojos, no pierdo ni un instante de irrealidad, cada año ese mismo día a la misma hora me apresto a revivir el momento, anhelando con fuerza que el tipo del cuchillo pase de nuevo y me lleve junto con aquello que he perdido.

Cuentos patéticos

Goran Y. Lausic King View All →

Profesor de Historia y Ciencias Sociales, egresado el 2008, Magister en Historia. Con un gusto y una formación literaria que se remonta a 1998, año en que desarrollé mi primera novela no publicada, y que no publicaré jamás (no está en condiciones).
Mi primera novel publicada fue A diez pasos a la oscuridad, publicada en Amazon, y me encuentro en etapa de diseño de portada para Página en blanco, mi segunda novela. Mientras escribo historia, novelas y demases, divulgo mi trabajo corto (cuentos y poemas, principalmente), por medio de este espacio en la web.

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