Decisiones tardías

El día estaba tan cerrado que apenas se podía distinguir si era día o era noche, el aire, cubierto por esa intensa neblina, ocultaba a las personas que estaban a su alrededor, y el ruido de los vehículos circulando incrementaban la sensación de soledad. No sabía donde estaba el norte, no lograba reconocer el sur, caminaba dando vueltas en circulo, pero la visibilidad era tan escaza que no tenía referencias para darse cuenta de que no avanzaba nada en realidad. Su mente no contribuía tampoco, como se trataba de una ciudad ajena la que andaba recorriendo, no podía decir que por lo menos podría hacer el recorrido de memoria, y menos si es que su cerebro se esforzaba en abstraer sus pensamientos hacia aquellos que estaban tan lejos, en una tierra tan distante como irreal, lejos de la realidad, envueltos en la fantasía idealizada de lo que un niño llama hogar, y de aquello que un hombre conoció como su alma gemela, pero que no podían ser tales en realidad, pues sin mucho esfuerzo fue capaz de abandonar ambos, y llegar a este lugar tan inhóspito que ni la naturaleza, ni la ciudad, quiere que logre acoger con la misma idealidad. Se llevó las manos a la cabeza, desesperado sentía como una lagrima brotaba de sus ojos y recorría su mejilla, y en su mente, imágenes lo bombardeaban de esa última noche en su tierra natal, cuando vio como una lagrima idéntica recorría el rostro de esa niña a la que tanto amó, de aquella muchacha a la cual recién hace un mes reconoció el amor, a pesar de conocerla hace tantos años atrás. Pensó en como había perdido el tiempo, y ahora que se encontraba atrapado en esa neblina, sin saber a donde tenia que llegar, lo único que quería hacer era reconocerle a ella que había arruinado todo al no haberle expresado sus sentimientos con anterioridad. Entremedio del vacio, sacó su celular, y de memoria marco el número de esa persona de la que no dejaba de pensar.

– ¿Cony? – preguntó cuando levantaron el teléfono

– ¿Santiago? – Dijo una voz que no era la de Constanza, sino la de Paula, su hermana mayor – la Cony no está, salió hace un rato –

– ¿Y dejó el celular allí? – preguntó el abrumado hombre, cuya carga se acrecentaba al percatarse que en esta hora desesperada no podría calmarse con el sonido de la voz de la única persona que lo podía calmar

– Si, ¿pero que pasa amigo mío? – dijo la muchacha al otro lado del teléfono, entendiendo que su amigo de toda la vida, y actual pareja de su hermana menor, no estaba pasando el mejor de los ratos

– Que me acabo de dar cuenta, ahora, perdido en la niebla en una ciudad que no conozco, que tu hermana es lo que he buscado toda mi vida, y que ahora que estoy lejos, me vengo a percatar de ello – contestó con tanta sinceridad, que se sintieron lagrimas emanar de su voz

– Amigo, tarde te das cuenta, pues ella me dijo que se iba a buscar al amor de su vida, pues recién lo conoció hace una semana atrás – dijo la muchacha, mientras sentía como su amigo se quebraba en lagrimas – ¿estás allí? –

Santiago no contestó, cayó de rodillas, dejando caer el aparato, y rompió en llantos. Paula al otro lado del teléfono colgó y volvió a llamar, pero el ruido del tráfico en la calle y la intensa niebla impedía que Santiago volviera a la realidad. Pasaron un par de horas, y por la humedad del ambiente, los lagrimales de Santiago tardaron más en secarse en su totalidad, para cuando no le quedaban fuerzas para seguir llorando, la niebla se comenzó a disipar. Lo primero que divisó fue un escenario familiar, un barrio que se asemejaba demasiado a aquel en el que se estaba alojando en esa extraña ciudad, miró hacia el frente y vio a gente caminando, gente esperando y gente hablando, y entremedio de la multitud, apoyada en la muralla de su casa, una muchacha a la que borrosamente reconoció como Constanza; en un principio no creyó, pensaba que era su mente jugándole una mala pasada, una ilusión en medio de la desesperanza, pero cuando la figura comenzó a avanzar hacia él, pronunciando su nombre, se dio cuenta que la realidad había superado a la ficción.

-¿Qué haces acá? – dijo Santiago, entre emocionado y asombrado por la presencia de aquella pequeña muchacha, tan frágil y perfecta a sus ojos, pero con una endereza que hacia empequeñecer a aquel hombre de metro noventa – hay una distancia enorme entre Puerto Natales y acá –

– La semana pasada, cuando te despediste me di cuenta de algo – contestó ella, mientras ayudaba a levantarse al hombre que aún yacía en el suelo – Algo que me hizo reaccionar, que me hizo darme cuenta que nada, absolutamente nada, podría seguir con normalidad –

– ¿Sabias que nunca había amado a nadie, como lo hago contigo? – interrumpió él, acercando su rostro al de ella para besarla – ¿Y que fui un imbécil al reprimir mis sentimientos solo porque tu hermana es mi mejor amiga? –

– Entonces somos dos, pues yo hice lo mismo, ya que tu hermana es la mía – contestó ella, mientras tomaba con sus pequeñas manos el rostro del hombre que la buscaba desesperado entre lo poco que quedaba de niebla – Pero no me has dejado terminar –

– Perdona, soy todo oídos – respondió él, besando las manos de ella, que buscaban su mejilla.

– Sabes, viaje miles de kilómetros, gasté todos mis ahorros en comprar un boleto de avión, y me alcanzó uno de ida solamente – dijo ella, poniendo un rostro de irresponsabilidad, aunque no de arrepentimiento por la impetuosa acción.

– ¿y tus clases? – respondió él asustado

– Eso no importa ahora, lo que tengo que decirte es más importante, y lo otro, ya lo solucionaremos – dijo ella, mientras alejaba sus manos del cuerpo de él, y las colocaba en sus bolsillos – Eres el amor de mi vida, lo que he estado buscando siempre. Creo, que esas trabas que me colocaba me impedían ver que lo que necesito lo tenía al lado, y ahora que te tengo, y ahora que durante un tiempo te perdí, necesito asegurarme que eso no va a volver a pasar –

– A mi también me dolió el darme cuenta tan tarde – intervino él, recibiendo por ella una mirada de desaprobación, insistiendo en que la deje terminar.

– No quiero perderte de nuevo, pero se que durante estos dos años nuestras vidas deben ser separadas – dijo ella mirándolo fijamente a los ojos – tú debes sacar tu posgrado, y yo terminar mis estudios. Cuando ambos terminemos eso, entonces será el momento. –

– ¿el momento de que? – preguntó él, sin entender precisamente cual era la importante información que Constanza le debía entregar

– ¿Cásate conmigo? – dijo ella mientras sacaba una sortija de su bolsillo

– No lo dudaría nunca – respondió él, tomando el anillo, y colocándolo en la mano de ella – Se que llevamos tan solo un mes juntos, pero nos conocemos de toda una vida, y el silencio y la bruma de esta vida que estoy llevando, solo me han ayudado a confirmar que quiero pasar el resto de mi vida contigo –

– No importa que estés solo y perdido, pues ahora sabes, amor mío – intervino ella – que donde quiera que estés, yo estaré esperando –

Con esas palabras la niebla volvió a recobrar intensidad, y el rostro de Constanza volvió a desaparecer de su rango de visión. Santiago perdió la conciencia, y después de mucho rato la recobró sin saber donde se encontraba. A muchos kilómetros de distancia, en una ciudad mucho más fría y reducida que en la que Santiago se acababa de extraviar, una pequeña Constanza seguía su camino con dirección a su hogar. Al llegar a la puerta, su hermana Paula a espera con un rostro de preocupación.

– ¿Dónde habías estado? – preguntó desesperada, con lagrimas en los ojos, y angustia en su hablar – ¿Dijiste que habías salido a buscar al amor de tu vida? ¿Y te olvidaste del pobre Santiago que no hace más que amarte sin cesar? –

– No me he olvidado de Santiago – dijo Constanza, mientras se acomodaba la chasquilla que caía sobre su rostro – Jamás me podría olvidar de él –

– Llamó hace un rato, y no sonaba muy bien – dijo preocupada Paula

– ¿Y que le dijiste? – preguntó indiferente la muchacha

– La verdad, que fuiste a buscar al amor de tu vida, al que conociste la semana pasada – respondió la hermana mayor, con un poco de enfado en la voz – Y después de que le dije eso me dejó de hablar, lo he intentado volver a llamar por horas desde eso, y no pasa nada. ¿Qué tienes en la mano? –

– No te preocupes por Santiago, lo acabo de ver, y nos vamos a casar – dijo la muchacha mientras veía como su hermana se comenzaba a desmayar.

Horas después Paula despertó acostada en su cama, su madre, sentada a los pies de su cama no dejaba de llorar.

– ¿Qué pasó, mamá? – preguntó Paula

– Tu hermana ha muerto – dijo ella llorando desconsoladamente – La atropelló un camión cinco horas atrás – Paula miró el reloj.

– ¿Pero si yo hablé con ella hace dos horas? – dijo asustada Paula

– Debes estar confundida, pero eso no es todo – dijo su madre, tratando de calmarse, para así poder informar a su hija con la mayor serenidad – A Santiago también lo atropelló un camión cinco horas atrás, y también ha muerto –

– ¡¿Qué?! – gritó ella, rompiendo en lagrimas, mientras sonaba su celular. Paula, por inercia lo agarró y leyó el mensaje que acababa de llegar.

HERMANA, YA SÉ QUE DEBO HACER. VOY A ESCRIBIRLE UN MAIL A SANTIAGO PARA DECIRLE QUE ES EL AMOR DE MI VIDA, Y QUE CUANDO VUELVA, QUE DEBERIAMOS CASARNOS. SÉ QUE ES APRESURADO, PERO CREO QUE ES DE VERDAD. DESEAME SUERTE, TE QUIERO.

Cuentos patéticos

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Profesor de Historia y Ciencias Sociales, egresado el 2008, Magister en Historia. Con un gusto y una formación literaria que se remonta a 1998, año en que desarrollé mi primera novela no publicada, y que no publicaré jamás (no está en condiciones).
Mi primera novel publicada fue A diez pasos a la oscuridad, publicada en Amazon, y me encuentro en etapa de diseño de portada para Página en blanco, mi segunda novela. Mientras escribo historia, novelas y demases, divulgo mi trabajo corto (cuentos y poemas, principalmente), por medio de este espacio en la web.

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