Llanto

Estaba absolutamente solo, acurrucado en la oscuridad; el miedo me cubría y opacaba todo rastro de esperanza que en mi ser pudiese brotar. Era pleno día, pero para mi la oscuridad me impedía pensar que era tal, más oscuro no podía estar, y mientras yo estaba sentado en esa oscuridad, en la que todos me veían, pensaba en todo lo que hace unos días había pasado.

Mientras pensaba, notaba que todos me veían y luego se reían del patético hombre acurrucado en un rincón llorando, y yo me sentía ridículo, como si estuviera completamente desnudo frente a ellos, honestamente desnudo e impotente, tanto de cuerpo como de alma, se veía todo lo que yo era, lo que yo soy, no sé, y no me importa. Me daba miedo, pues ellos me veían, y yo no los podía ver, pero aun así sabía que estaban allí, mirándome, riéndose, sobre todo sabia que estaban riéndose, pues por sobre mi llanto se oían sus carcajadas, esas siniestras carcajadas de gente sin sentido, gente morbosa que disfrutan con el sufrimiento ajeno.

Me perdía en la nada, y la oscuridad a mí alrededor era tan inmensa que mi alma desbordaba de temor, y me impedía entrar en razón y sobre todo me impedía actuar para que no quedara en ridículo. Pero era inútil, necesitaba llorar, y lloré todo lo que tenia que llorar, y junto a las lagrimas, fui botando gotas de sangre que salían de mis labios; pero no era mía, la sangre era de ella, a quien recién en mi mente acababa de asesinar, y que a partir de entonces para mi estaba muerta, y eso me aterraba, pues aunque era irreal, tenia sangre en mis manos, pero no era de ella, era mía, me pertenecía físicamente, era de mi cuello que quise segregar, el que desee separar de mi cuerpo para salir de esta oscuridad.

Estaba allí, en un rincón mientras todos me observaban, y lloraba mientras nadie me escuchaba, y no solo eso, sino que yo era un espectáculo, y risas no necesitaba, yo tan solo necesitaba un hombro, por que en momentos como ese dos hombros no sirven para sostener una cabeza, necesitas más. Estaba allí, todo doblegado, muerto de miedo, muerto de frio, pues por sobre todo, siempre le he tenido miedo a la oscuridad; pero me gusta estar así, bien abajo en un profundo pozo, sin ninguna escalera por la cual salir. Pero aun así, quería salir, pero no podía, y cada vez que lo lograba volvía a caer, y lo peor es que me gustaba caer. Me gustaba llorar, me gustaba morir. Me hacia parecer inmortal, como un fénix, y por eso lo repito, me gusta ese ciclo, me hace sentir único, en un plazo de una hora mi mente falleció tantas veces que perdí la cuenta, pero siempre volvió a renacer.

Ahí estaba yo, en un rincón, mirándola mientras ella estaba con él, y los celos me consumían, y yo como un imbecil, esperando a actuar sin nunca a hacer nada, jamás supe su nombre, jamás supe su edad, tan solo supe que ella estaba con él, y yo llorando en esta oscuridad.

Cuentos patéticos

Goran Y. Lausic King View All →

Profesor de Historia y Ciencias Sociales, egresado el 2008, Magister en Historia. Con un gusto y una formación literaria que se remonta a 1998, año en que desarrollé mi primera novela no publicada, y que no publicaré jamás (no está en condiciones).
Mi primera novel publicada fue A diez pasos a la oscuridad, publicada en Amazon, y me encuentro en etapa de diseño de portada para Página en blanco, mi segunda novela. Mientras escribo historia, novelas y demases, divulgo mi trabajo corto (cuentos y poemas, principalmente), por medio de este espacio en la web.

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